El amor en la vida conyugal

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.
Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.
El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Cor. 13, 1-7)

Seguro más de una vez han estado en un matrimonio y han escuchado este pasaje Bíblico. Creo que es uno de los pasajes más pedidos por los novios cuando se van a casar. Y creo que es así (es mi opinión simplemente) porque lo que dice es bello, es una retórica hermosa que nos eleva hacia lo que anhela nuestro corazón. Pero estoy convencido de que no es simple retórica. Primero, porque es Palabra de Dios y su pal- abra es la verdad, que busca ayudarnos a descubrir quiénes somos, lo que anhelamos y cuál es el camino para llegar a ese fin.
Traigo este pasaje a colación porque quizás en esta época de confinamiento, de cuarentena, de pasar más tiempo juntos, hay cosas que se han fortalecido, pero también quizás otras que se nos han hecho un poco más difíciles en la convivencia familiar. Pero tranquilos, es normal y comprensible, más aún en estos tiempos difíciles, por diversos motivos.

Por eso me pareció bueno traer a nuestra memoria este pasaje, porque nos puede ayudar e iluminar sobre aquello que queremos y deseamos vivir, en el matrimonio y la familia. Siempre es
bueno renovar el horizonte de lo que es realmente el amor, de lo que anhelan nuestros corazones y como poder llegar a vivirlo. Aquí San Pablo nos hace ver que no hay nada más importante que el amor. Ese amor que se centra en Dios, como su fuente y de ahí se alimenta para transmitirlo y hacerlo concreto en la vida cotidiana.

Por lo tanto, de nada me serviría ganar todos los premios del mundo, si no tengo con quien compartirlos; de nada me serviría ocupar un gran puesto y ser alguien muy reconocido
a nivel profesional, si no tengo amor. De nada me serviría vivir con todas las comodidades, si no tengo amor. Esto es así, no sólo
porque me lo dice alguien, sino porque es nuestra experiencia como
seres humanos. La necesidad de amar y ser amados es el anhelo más grande y profundo que tenemos. Pero no cualquier amor, sino un amor real, que no sea una experiencia momentánea pasajera, impulsiva, como un arrebato pasional, sino un amor como el descrito por San Pablo.

No quisiera dejar de recalcar, que hay que tener cuidado con una simple mirada “romántica” del amor. Ella es parte del amor, pero no es la película completa. El amor en el matrimonio implica muchísimo más y no se los tengo que decir yo, porque ustedes lo saben perfectamente. Puede haber momento lindos y hermosos, como sentarse a ver un atardecer juntos o disfrutar ver a sus hijos correr por el campo, pero también momentos donde el amor se vivirá en el sacrifico, en medio del dolor, por una enfermedad o cuando toca renunciar a uno mismo en vista del bien del otro, esa es la película completa.

Por lo tanto, les propongo leer nuevamente el pasaje propuesto, y mirar la vida de Jesús. Porque ahí está el ejemplo más claro del amor verdadero. El nos dirá: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.” (Jn. 15, 13) y creo que en el matrimonio hay muchos momentos, cotidianos, para dar la vida por el otro.

Cuando leemos y descubrimos el deseo de vivir este amor como nos lo presenta San Pablo, nos damos cuenta que no es fácil, que nos cuesta y que solos no podremos. Por eso quizás lo primero será pedirle a Dios. Saber que no estamos solos, que tenemos a Jesús como nuestro principal aliado, de nuestra vida familiar. Aquel que quiere más que nadie que nuestra vida logré ser plena. Por eso no dejemos de pedirle todos los días que aprendamos amar de verdad.

Algo que nos puede ayudar, también es mirar la cruz de Cristo. Es ahí donde sacaremos fuerzas, sobre todo cuando sintamos que ya no podemos más. Cuando pensemos, “Esto es imperdonable.” Miremos como Él nos perdona una y otra vez. O quizás cuando sufrimos, por diversos motivos, recordemos que no estamos
solos en los sufrimientos, porque Él desde la cruz nos dice que está unido a nosotros en el dolor. Cuando nos sintamos incomprendidos, o injustamente tratados, Él nos calmará y nos dirá que Él sabe lo que significa ser traicionado, y nos enseñará que el camino para encontrar la paz, es el perdón de corazón. Recuerda lo siguiente, el corazón le pertenece a quien lo cura, no a quien lo hiere, y nuestro corazón ha sido curado por Cristo.

Pidámosle a Dios que nos renueve en ese amor. Que tengamos fuerzas
para levantarnos una y otra vez y vivamos ese amor paciente, servicial, entregado, descubriendo lo dichosos que seremos de vivir así. Como matrimonio beber de esta agua pura que es la Palabra de Dios, que nos purifica y nos refresca, para seguir perseverando.

Aprendamos a dialogar con respeto, a corregir con amor y por amor, a escuchar con paciencia, a servir sin esperar nada a cambio, en el fondo, tratar a los demás como me gustaría que me trataran a mí.
Que Dios los bendiga.

Padre Enrique Granados
Capellán de los colegios Villa Caritas y San Pedro



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